La amígdala es una pequeña estructura del sistema límbico, situada en lo profundo del cerebro, que cumple un papel clave en la gestión de las emociones, especialmente el miedo, la alerta y la respuesta al peligro. Su función principal es ayudarnos a sobrevivir: detectar amenazas y activar rápidamente mecanismos de defensa.
Sin embargo, cuando una persona vive un episodio traumático —o una acumulación de experiencias de alto impacto emocional— la amígdala puede quedar hiperactivada. En lugar de activarse solo ante un peligro real, permanece en un estado constante de alerta, como si la amenaza siguiera presente.
¿Qué ocurre cuando la amígdala entra en disfunción?
En situaciones de trauma, la amígdala puede “secuestrar” al resto del cerebro. Esto significa que la respuesta emocional es tan intensa que bloquea funciones más racionales, como el pensamiento lógico o la capacidad de regulación emocional. A nivel práctico, esta disfunción puede manifestarse como:
- Ansiedad persistente o ataques de pánico
- Hipervigilancia y dificultad para relajarse
- Respuestas desproporcionadas ante estímulos cotidianos
- Problemas de sueño
- Sensación constante de peligro o tensión interna
El cuerpo no distingue entre un peligro real y uno percibido: si la amígdala interpreta amenaza, el sistema nervioso entra en modo supervivencia. Esto mantiene activado el sistema simpático (lucha o huida) y dificulta el acceso a estados de calma y reparación.
Trauma, cuerpo y sistema nervioso
El trauma no se almacena únicamente como un recuerdo mental. También deja huellas profundas en el cuerpo: en los tejidos, en los patrones posturales, en la respiración y en el tono y vibración del sistema nervioso. Por eso, muchas personas sienten que “entienden” racionalmente lo que les ocurrió, pero su cuerpo sigue reaccionando como si el evento traumático estuviera sucediendo de nuevo.
Aquí es donde el abordaje osteopático cobra especial importancia.
¿Cómo puede ayudar la osteopatía?
La osteopatía, desde una visión global e integradora, trabaja sobre la relación entre forma y función. A través de nuestra sutil palpación, el tratamiento osteopático puede ayudar a crear las condiciones necesarias para que el sistema nervioso salga del estado de alarma crónica y pueda sincronizar con la salud.
Algunos de los efectos más relevantes de la osteopatía en relación con la disfunción de la amígdala y el trauma son:
- Regulación del sistema nervioso autónomo, ayudando a resolver la facilitación ocasionada por la hiperactivación y favoreciendo la activación del parasimpático.
- Liberación de tensiones craneales, especialmente en estructuras relacionadas con el sistema límbico.
- Mejora de la percepción corporal, ayudando a la persona a sentirse dentro de una globalidad que le sostiene.
- Disminución de la hipervigilancia, permitiendo que el cerebro reduzca la señal constante de amenaza y dando espacio y calma para recuperar la homeostasis del sistema.
La osteopatía influye así en los circuitos neurológicos y somáticos que mantienen la hiperactividad.
Resumiendo, la disfunción de la amígdala en contextos de trauma es una respuesta adaptativa que, con el tiempo, puede convertirse en una fuente de malestar crónico. Abordar esta realidad desde la osteopatía, abre una vía profunda y respetuosa para acompañar procesos de regulación y liberación.
Escuchar al sistema, devolverle seguridad y permitirle soltar viejas tensiones es, en muchos casos, un paso esencial en el camino hacia la sanación.
Rendirme a la voluntad de la marea, esa manifestación de la naturaleza superior a cualquier intención. Confiando en su intención, sin juicio y con la máxima confianza de estar sincronizada con la salud es la manera más humilde y precisa que tengo para acompañaros.
Con amor,
MIRIAM

